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La perfección tecnológica y el fuego

 

La reflexión en torno a las ideas formadas, en un pasado que gracias a una manera optimista de construirlo y de múltiples formas reduccionistas del mundo, nos llevan a un sin número de promesas incumplidas, dentro de este maravilloso futuro prometido para todos los que se ajustaran a los ideales de progreso capitalista.

Las formas en las que se difundió y las razones de por que los famosos beneficios del conocimiento, todavía son discutibles, pero sin lugar a dudas una de estas ideas materializada es el Volkswagen, automóvil producto del ingenio alemán, de enfriamiento por aceite, bajo consumo de combustible, fácil manejo y en los últimos años de económico costo. La promesa de la retórica discursiva de los regimenes autoritarios hecho realidad el auto del pueblo.

Así como prometeo que dio el fuego a los hombres, como promesa del bienestar y el progreso, el auto es dado al pueblo para hacer realidad la promesa de bienestar y progreso.

Ricaurte hace un ejercicio reflexivo en tanto las formas simbólicas, reconstruyendo una metáfora, en donde la exposición de la entraña, del sujeto-objeto prometeico, portador de las grandes promesas de los discursos retóricos de el progreso y el bienestar, se muestran derruidas, difuminadas y fragmentadas, acometidas por medio de las intervenciones de esmeril, que rompe la imagen o fragmenta esa apariencia de realidad.

Esgrime un discurso en donde cuestiona significativamente, a los “discursos panaceicos” en donde la vida se resuelve con la tecnología, despojándola de lo humano, como si al montarla en soportes de lámina galvanizada se les preparara para una disección, proponiendo poéticamente hacer una crítica argumental a los metamensajes del utilitarismo tecnológico, de lo que “nos sirve” de la manera en que se determina los desusos y la vigencia de los discursos estéticos.

Nos invita a compartir más interrogantes que respuestas, a cuestionar la idea de progreso y por supuesto de bienestar, y a saber que la perfección tecnológica hoy es inexistente. Jaime Abraham Tamayo Gómez. Marzo de 2005, Ciudad de México.

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