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La otredad convaleciente

Opus Senectus

 

“Nosotros hemos acabado con el pasado, pero el pasado no ha acabado con nosotros.” En Magnolia, de Paúl Thomas Anderson

 

El determinismo fatal y su dolor, el absurdo de la existencia o la muerte, pero pudiera afirmarse que —quizá por la dificultad de decirla con toda su magnitud evocadora— el tema de la ancianidad y la crudeza que en ella se encierra no constituye un conflicto de uso común en el mercado del arte. Pareciera que nuestra modernidad absoluta –ese deseo añorado por Rimbaud que ahora quisiéramos desandar—, lejos de interesarse por la “sabiduría” —digamos por un ápice de experiencia octogenaria, de senectud iluminada— ha querido ver más caros ciertos adjetivos en los tiempos de la flecha. A decir de algunos: la rapidez de la lozanía, la eficiencia que asegura el dinamismo juvenil. Así las cosas, la supremacía es el objetivo exigido por una sociedad vertida cada vez más en el presente —con la ambición por combustible—, y la memoria asimilada en los hombres “de edad” no significa poco menos que un añadido inútil a las pasiones del hombre.

Pues en suma, este conjunto de categóricas preposiciones pudiera conducir el recorrido por Opus senectus, última entrega del artista Luis Ricaurte (Pasto – Nariño, Colombia, 1964): analizar la vejez en el pueblo latinoamericano, concibiéndola no como un estadio natural de lo humano —la antesala al inminente deceso en la vida de un hombre—, sino como una forma particular de habitar el mundo: por su aspecto individual como un estado de soledad límite del “arrojado ahí” con su nombre y apellido: por su aspecto social como una desatención de salud pública, una gráfica como lastre o enfermedad para el crecimiento de los estados.

 

A partir de veinticinco piezas bidimensionales en las que pequeños dibujos habitan holgadamente planchas de zinc galvanizadas, la obra en su conjunto trastoca las sensaciones habituales de una muestra de pintura convencional: a la usual calidez del lienzo y sus aceites, al tradicional oil on canvas que ha funcionado como un hábitat de reglas más o menos controladas a lo largo de la historia, se impone la frialdad de un soporte metálico que termina por semejar la atmósfera mortecina de las planchas en los anfiteatros públicos, el acero inoxidable de su añejo mobiliario.

Ahí es que los pequeños retratos a lápiz de Ricaurte, rostros arrugados, viejos —no decanos sino más bien decrépitos— una vez internados en el geriátrico personal del artista serán abandonados a su suerte sin titubeo alguno: realistas, expresionistas, rodeados por un “aire” de metal —y las zonas de metal descubiertas no trabajadas por Ricaurte no significan un silencio sino un grito de sentido— estos rostros no tienen más que subsistir —sobrevivir— en tal espacio delegado para encarnar su dolor: reforzados en su mensaje con títulos como Pensión Honorífica, Madrugar al ISSSTE, Como las gallinas, uno al lado del otro se suceden los distintos rictus, los ceños, los tajos en el rostro por una vida rodeada de muerte.

Además, como un seguimiento de su interés por la intervención del espacio público —actitud mostrada desde la exposición A ras de piso tiempo atrás—, Ricaurte presenta alrededor de 20 tapetes impresos con la imagen de varios ancianos fotografiados por su lente. A diferencia de los tapetes de aquella serie —cuyo sentido se centraba en desmitificar la obra de arte situándola a ras de piso para ser pisoteada por las multitudes en corredores públicos—, debe sumarse a esta nueva entrega “horizontal” una inquietante sensación: la de saberse el espectador como el último proceso en la molienda de los seres ahí figurados, reconocerse no tanto como observador sino como ejecutante de una marcha que pudiera escudriñar el sentido de aquella locución latina de ars longa vita brevis, el arte es largo la vida breve: aunque gradualmente los tapetes pudieran irse deteriorando con el paso del tiempo, quizá los rostros que soportan —de humanos con la bota en el cuello sin metáfora alguna— permanecerán en el mundo un tiempo más, incluso mucho después que termine la vida de su creador y de sus caminantes. Muchas pisadas (…)

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