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Espejos del Cuerpo

 

“Y al preguntarme si podría vencer el desánimo cuando me acometieran la debilidad y la vejez, mis lecturas respondían con elocuencia: “Es sólo lo animal, peso muerto, el vicio y los órganos del vicio, lo que envejece. El alma esta llena de vigor y se complace de tener menos comercio con el cuerpo, ya que cuando esos tratos disminuyen. el alma se libera de una buena parte de su carga””

Francisco González Crussí, Sobre la Vejez

La pregunta siempre debe ser formulada al revés. ¿Por qué tenemos tan pocas imágenes que aborden dignamente el proceso de la vejez? La explicación más evidente recae en el poco atractivo de contemplar la decadencia de nuestro cuerpo. La siguiente son la cantidad de enfermedades y achaques que asociamos con la edad, especialmente aquellas en las que el individuo no tiene defensa alguna contra su ferocidad.

El repertorio puede llegar a deprimirnos: locura senil, males de Alzheimer y/o  Parkinson, artritis, insuficiencia cardiaca o pulmonar, etc. No fue la edad moderna en Occidente la que idealizó a la juventud como un divino tesoro, desde los griegos hasta nuestros días las diferentes sociedades han creado distintos esquemas de justificación para que los viejos no sean considerados como un modelo de sabiduría, belleza o armonía. Solamente en la Edad Media se intentó venerar la edad madura. Los viejos son solamente fardos que debemos tolerar porque están ahí.

Para el campo del arte, el retrato de la vejez dejaba ver una destreza para describir un aspecto exterior del cuerpo y la mayoría de las veces, se idealizaba el estado decrépito del ser humano, y como bien apuntaba Paul Valèry: “En la humanidad, lo más profundo es la piel”. Solamente William Blake aborda las figuras de hombres viejos con majestuosidad.

La fotografía y el grabado contemporáneo siguen idealizando nuestra concepción de la vejez y son pocos los creadores que miran sin soslayo el proceso del envejecimiento. El artista Luis Ricaurte se ha aventurado a trazar un mapa difícil en su serie de fotograbados Opus Senectus donde desestructura el cuerpo de un varón desnudo, el cual lucha por aparecer incluso dentro del mismo bastidor cruel y frío del zinc galvanizado.

Opus Senectus no es una serie para ser mirada, es una obra para ser experimentada en su recorrido, donde el bastidor y el retratado nos inquieren, nos jalan del cuello para que nos veamos en el único espejo inadmisible de nuestra existencia. Lacan dice que usamos el espejo para reconocernos frente al otro y asumir nuestra identidad, Luis Ricaurte utiliza el medio para que nos enfrentemos al espejo del cuerpo senil. Envejecer es un proceso doloroso e irreversible. “Juvenal nos dice que los jóvenes pueden ser reconocidos como individuos, A es más fuerte que B, B es más guapo que A, “pero los viejos, todos se parecen, todos tiene la misma calva. Les escurre la baba como a los bebés, les tiembla la voz tanto como los miembros y farfullan su pan con encías desdentadas.” Francisco González Crussí, Sobre la Vejez

Lo que torna a la obra en una experiencia casi filosófica es que Luis Ricaurte no analiza como médico geriatra los ángulos para salvar este cuerpo humano, sino que exhibe distintos esquemas de aproximación a un cuerpo senil. Le otorga una dignidad para que contemplemos este cuerpo viril y reformulemos nuestros esquemas de pensamiento sobre la condición humana.

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